J1 - Un condenado “te amo”
Uno de los días más felices de mi vida fue cuando te conocí.
Tengo la virtud de poder recordar que así fue porque mientras pasaba el día contigo me prometí que quedaría registrado como un momento inolvidable.
Hace mucho que no tengo días felices.
Feliz en todo el sentido de la palabra, que no es igual a “alegre”.
Soy una persona muy alegre, pero la mayor parte del tiempo no soy feliz.
¿Se entiende?
Desde el momento que te vi, mi sonrisa nunca más desapareció ese día.
Te vi sentado en el andén de San Joaquín, mirando a todos lados para encontrarme.
Los dos estábamos nerviosos, pero cuando llegué a la estación y te vi desde las puertas del metro puedo jurar que estaba más nervioso aún que tú.
Eras tan grande como habías dicho (más alto que yo, insistías).
Cuando me acerqué a saludarte, ya no importaba tanto las caras de miedo que teníamos.
De tu mochila sacaste un xilófono (metalófono me corregiste después), como impulso instantáneo me dijiste: “Hoy tuve clases de música”.
En mi mente me reiría de la ternura de esa acción años más tarde, cuando te vi desde el mismo metro, en invierno, y un gran muro nos separaba para siempre.
“¿Qué quieres hacer? Podríamos tomar helado”
“A mí no me gusta el helado del Bravissimo, es muy cremoso”
“Quizá estás triste porque necesitas alguien que te haga feliz”
“Probablemente tienes razón”
El resto del día debo admitir que no recuerdo de qué hablamos.
Solamente sé que el día era brillante, el tiempo se detuvo y no quería estar en otra parte, ni con nadie más jamás.
Antes de venir a París te vi dos o tres veces en la calle.
Ya años habían pasado. Mucho dolor nos habíamos causado, pero debo admitir que siempre que te recordaba, no pasaba tiempo y te veía de alguna forma.
Estás más grande, más hombre.
Ya no quedaba rastro de mi niñito.
Tienes más barba que yo.
Eres de mi porte.
Te cambiaste de carrera y de Universidad.
“Hola, ¿Cómo estás?”
“Muy bien, he estado un poco ocupado”
“Debo irme estoy atrasado, que estés bien”
“Cuídate mucho”
Como dos extraños.
Es patético que muchas veces cuando estoy triste, me acuerdo de ese día.
Instantáneamente me alegro.
No podría decir que te extraño, porque eres otra persona.
Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme cómo seríamos en este entonces.
A veces sólo me pregunto, qué habría pasado.
Qué habría pasado si sólo hubiese respondido “yo también”,
a ese condenado “te amo”